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El terremoto en Coquimbo, contado en primera persona

*Por María Victoria Nacusi.

Como es costumbre en La Serena, el 19 de enero amaneció nublado. Con la familia, nos pusimos una campera liviana y aprovechamos la mañana para pasear por el Mall y realizar algunas compras de mercadería en el supermercado. A eso de las 12 del mediodía, sentimos un suave movimiento que lo asimilamos a un sismo, pero nada alarmante, algo de rutina para nosotros los sanjuaninos.

Luego del mediodía, salió el sol. La siesta-tarde de playa fue fantástica: tiempo cálido, mar limpio y tranquilo, juegos de arena, after beach en los bares costeros y atardecer de postal sobre la Cruz del Tercer Milenio de Coquimbo.

Una vez de regreso en el departamento que alquilamos, justo sobre la Avenida del Mar, seguimos con la rutina de todos los días: nos bañamos y comenzamos a preparar la cena.

Mis papás en la cocina, mi hermana con el novio en el comedor poniendo la mesa, mis hermanos más chicos viendo televisión en el dormitorio principal y yo con mi esposo en el balcón vidriado frente al mar.

Ahí comenzó el movimiento, que no fue despacio y creciente, si no que fue de repente, muy fuerte y largo. En un lapso de segundos que tengo borrados de mi memoria, nos encontramos todos debajo de una viga del living, lejos de ventanas y elementos colgantes. El brusco movimiento no cesaba y era vertical. No podíamos trasladarnos hacia otros sectores del departamento porque perdíamos el equilibrio y nos caíamos. Había ruido a temblor. Las cosas comenzaron a caerse: cuadros, relojes, plantas, lámparas, copas. Eso sucedió en el piso número 3 en el que nos encontrábamos, pero en los de más arriba también se cayeron elementos más pesados, como televisores, y se rompieron algunos vidrios de ventanas. Se cortó la luz. Apagón total.

Cuando el movimiento frenó, agarramos los primeros celulares que estaban más cerca para usarlos de linterna. Ahí nos dimos cuenta que tampoco había señal de comunicación, por ende no podíamos dar aviso ni ser avisados de nada. Pero uno de los celulares comenzó a sonar insistentemente con un letrero enviado por ONEMI que decía: “Alerta preventiva de tsunami. Evacuar la zona”.

Ahí comenzó el desafío de organizarnos en familia para actuar ante algo desconocido para nosotros que vivimos en el desierto sanjuanino. Mi hermano más chico buscó su victorinox, mi mamá algo de dinero, mi esposo cargó los bidones de agua, una de mis hermanas tomó unas toallas y la otra un cargador inalámbrico de celulares, yo por mi parte busqué unas frazadas y mi papá agarró los remedios: nos dio una pastilla de Melisa a cada uno para que estemos emocionalmente más tranquilos. Todos buscamos la campera abrigada que se encontraba más a mano y nos calzamos zapatillas. Me arrimé por última vez al balcón para ver desde arriba lo que pasaba afuera: el mar se veía en su lugar todavía, las personas corrían y gritaban, sobre todo las familias que estaban con sus hijos en la feria de juegos de la esquina. Los autos comenzaron a subir lejos de la costa por las calles perpendiculares a la Avenida del Mar, se armaron filas interminables. Todo a oscuras por la falta de luz.

Salimos del departamento. En los pasillos del edificio había mampostería caída y familias de otros departamentos en nuestra misma situación. Una señora nos miró y nos dijo: “Amigos, yo vivo todo el año aquí, estamos acostumbrados a esto. Quédense tranquilos que sabemos qué hacer: hay que subir al último piso de este edificio y esperar allí”.

Lo que decía esa vecina coincidía con un folleto informativo que hace dos veranos nos entregaron en la aduana chilena del Paso de Agua Negra para educar a los turistas sobre posibles sismos: la evacuación en primera línea del mar es vertical, es decir, hacia arriba de los edificios. Tomamos la escalera mientras la alarma de alerta preventiva de tsunami sonaba por tercera vez.

Al llegar al último piso, familias enteras aguardaban allí nerviosas. Se tranquilizaban entre ellos, sobre todo a los niños que lloraban recordando películas de Hollywood que muestran olas gigantes que tapan ciudades. Seguíamos a oscuras alumbrando con linternas y celulares.

Apareció el conserje del edificio: “Hay que evacuar por la Avenida Cuatro Esquinas hacia calle Balmaceda, las fuerzas de seguridad están desalojando los edificios y no nos dejan permanecer aquí”. Teníamos que bajar del séptimo piso y salir.

En medio de ese trayecto, nos dimos cuenta que éramos 6 de los 8 del grupo familiar: dos de nosotros no estaban, mi esposo y mi hermana más chica. La marea de gente subía por la calle perpendicular a la costa para dirigirse a la zona segura de la ciudad de La Serena, cerro arriba. “Ellos deben haber salido antes y están más avanzados”, pensamos. Y comenzamos a caminar a paso rápido.

Algunos turistas y ciudadanos serenenses prefirieron hacerlo en auto: la fila por la calle era lenta, los semáforos en rojo se respetaban al igual que los pasos peatonales y las bicisendas: la evacuación era ordenada, sin bocinazos, ni gran desesperación. Parecía que todos sabían qué hacer, parecía que la evacuación para los habitantes de la región de Coquimbo es algo de rutina, no los asusta.

Fuerzas de seguridad ya estaban en las calles organizando la evacuación preventiva. Los más asustados eran los turistas: lloraban por temor y porque se habían desencontrado con familiares que no sabían dónde estaban. En los 2 km. que caminamos en trepada, hubo de todo: autos abandonados en medio de la calle, personas descompensadas, comercios con muebles y productos caídos, ojotas que se quedaron en el camino, mariachis cantando para distraer, y una persona en silla de ruedas en medio de la vereda. “¿Necesita algo?”, le preguntó mi papá. “No puedo seguir subiendo por la vereda”, respondió. Mi papá tomó la silla de ruedas y comenzó a empujarla junto con nosotros, que seguíamos sin encontrar al resto de la familia y todas las siluetas de quienes evacuaban nos resultaban familiares. Mi mamá comenzó a agitar un toallón que llevaba en la mano, por si nos veían.

Algunos autos ofrecían trasladar a embarazadas y personas con niños en brazos. Como peatones, nos daban prioridad para cruzar la calle y seguir avanzando. Ya comenzamos a recuperar la señal de celular y llegaban mensajes desde San Juan: “¿Están bien? Dicen que hubo un terremoto en Chile”. Sí, estamos bien.

Mi hermana vio el toallón que mi mamá agitaba. Nos encontramos. “Nos sacaron rápido del edificio y no nos dejaban volver a buscarlos, por eso nos desencontramos”, explicaba mi esposo mientras manos de desconocidos arrimaban botellas de agua y nos pedían llenarlas con nuestros bidones. Subimos un poco más y nos quedamos en calle Balmaceda, pasando una estación de servicio que tenía largas filas esperando cargar combustible y entrar al servicompras para comprar comida y bebida. Un restaurante de al lado ofrecía su baño desinteresadamente. Tiramos las frazadas en el piso y allí nos sentamos. “No pueden volver a la zona costera hasta que no hayan pasado 2 horas desde el sismo”, nos recomendó un carabinero que patrullaba el lugar.

Ya con los ánimos más calmos y sintiéndonos todos a salvo, comenzamos a intercambiar experiencias, sensaciones sobre lo ocurrido y opiniones sobre qué hacer. Una amiga que vive en la zona más alta de la ciudad, inmediatamente nos escribió ofreciendo su casa para pasar la noche. Amigos serenenses se comunicaban con nosotros para darnos recomendaciones y enviarnos información. Cancelaron el alerta de tsunami pero nadie quería volver a sus hospedajes frente al mar aún.

Grupos de familias argentinas regresaron hacia donde estaban sus vehículos, cargaron sus pertenencias y decidieron irse. “Ya no hay más vacaciones, no nos quedamos acá ni locos. Estamos acostumbrados a los sismos pero no a los tsunamis”, comentaban asustados, mientras que lugareños comentaban que ya eran 13 las réplicas, a las 00.30 hs.

Comenzando la madrugada y enfriándose ya nuestros cuerpos sudados, un grupo de muchachos pasó por nuestro acampe. Nos miraron raro, nos gritaron algunas cosas que nos hicieron sentir inseguros y siguieron de largo. Una mujer del lugar, acostumbrada a la zona, nos dijo: “Aquí tampoco es seguro que estén, no por los temblores, si no por los amigos de lo ajeno que se aprovechan de estas situaciones”. En grupo decidimos emprender el regreso, nuevamente a pie. Ya habían pasado 3 horas.

Llegamos finalmente a la Avenida del Mar y todo parecía normal: había vuelto la luz, la marea había crecido pero no para alarmarse, no se visualizaban derrumbes peligrosos y el conserje del edificio nos dijo que era seguro pasar la noche en nuestro departamento. Así lo hicimos, nos organizamos en familia y decidimos descansar.

Hoy, el susto ya pasó, solo quedan vestigios de lo que fue un gran movimiento de la tierra en temporada alta de verano: hundimiento de calles, rotura de veredas, grietas en edificios, mampostería en el piso. Ya nos actualizamos con las palabras de las autoridades pidiendo calma y precaución, conocemos mejor dónde fue el epicentro, de qué magnitud se registró el sismo, ya tranquilizamos a nuestros afectos de San Juan que estaban preocupados, hay personas en la playa y en la vereda caminando (aunque notoriamente menos que otros días), y salió el sol.

Estamos bien y hemos aprendido varias cosas. Primero, que mantener la calma es fundamental para poder proceder analizando situaciones y tomar las decisiones adecuadas. Segundo, a actuar en equipo de manera ordenada. Tercero, a ser solidarios, estamos todos en una mala situación y aún así podemos brindar ayuda. Y, cuarto, a estar informados para saber qué hacer, como todos los chilenos que nos rodeaban durante la evacuación y se sintieron seguros.

Por supuesto que el terremoto de Coquimbo nos tomó por sorpresa, nadie nunca sabe dónde y cómo sucederá un evento natural así. Pero tenemos que saber cómo actuar, sin miedo.

Ahora, al lado de la puerta de nuestro departamento, hemos dejado una mochila de emergencia por las dudas, con agua, comida, victorinox, linterna, batería, remedios, medias, llaves, documentos y dinero.

El día después se desarrolló de manera normal. Estamos tranquilos, aunque la calma está un poco tensa, sobre todo cuando las réplicas se hacen sentir. Buscamos un lugar donde almorzar y estaba todo cerrado: recién iban a habilitar los edificios cuando hayan ordenado el desorden ocasionado por el fuerte movimiento y revisado todas las instalaciones para garantizar la seguridad.

Bajamos a la playa y nos metimos al mar. La única diferencia es que el día estaba más fresco y nublado. El atardecer volvió a coquetearnos y el cerro coquimbano que se ve desde la Avenida del Mar encendió sus luces cuando la noche comenzó a caer. Dicen que hoy hay luna roja.

Muchos argentinos decidieron escapar de sus vacaciones por miedo a que pase algo más. Nosotros decidimos quedarnos. Nos explicaron que fue un sismo fuerte pero no peligroso.

En una hora se están por cumplir 24 horas de mi primera vez en un terremoto y Chile me enseñó cómo actuar con tranquilidad y en familia.

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